Login

×

¿Qué es el club de escritura?

—Es una red de concursos literarios en abierto (todos leen, todos votan), con convocatorias muy diferentes, generosas dotaciones y acompañados de materiales didácticos especializados para todos los niveles.

—Es una plataforma de autopublicación gratuita desde la que compartir con quien desees todo tipo de escritos (literarios, profesionales...), sin límite de extensión y, si lo deseas, integrando fotografías, videos y otros recursos innovadores dentro del texto.

—Es una gran comunidad participativa de decenas de miles de lectores y aficionados a la escritura que se leen y ayudan entre sí con sus comentarios.

—Es una potente e innovadora herramienta de composición a disposición del texto literario tradicional al mismo tiempo que se abre a una nueva generación de textos enriquecidos.

—Es también un espacio didáctico en el que dar los primeros pasos en la escritura creativa gracias a sus talleres de iniciación y videotalleres, accesibles a todos.

 

Regístrate en el Club para participar Consulta la convocatoria más reciente

 

A lo largo del curso 2018-2019 están previstos los siguientes concursos literarios

 

-Concurso Historias de la calle. Dotación: 1.000 euros. Desde diciembre hasta marzo. ABIERTO Accede aquí

-Concurso sobre la despoblación. Dotación: 1.500 euros. En periodo de votaciones. ABIERTO Accede aquí

-Concurso Historias de familia. Dotación: 1.000 euros. En periodo de votaciones.  ABIERTO Accede aquí

-Premio Café Madrid de proyectos de novela. Dotación: 4.000 euros. Desde febrero hasta junio. Accede aquí

-Premio Joven de relato corto El corte inglés. Dotación: 2.500 euros en premios. Desde marzo hasta abril. Accede aquí

-Concurso de relato filosófico. Dotación: 1.000 euros. A partir de noviembre. Accede aquí

-Concurso Historias del trabajo. Dotación: 1.000 euros. Desde marzo hasta junio. Accede aquí

-Concurso de microrrelatos "El viaje que aún no he hecho". Dotación: 700 euros. Desde febrero hasta abril. Accede aquí

-Concurso de preguntas ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre a enero

-Proyecto colectivo ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre. Accede aquí

-Concurso Historias del viaje. Dotación: 1.000 euros. Desde junio hasta septiembre. Accede aquí

-Premio de poesía in-VERSO. Premio: publicación de un libro. Desde junio a septiembre. Accede aquí

-Historias con sabor. Dotación: 4.000 euros. Desde el 27 de septiembre hasta el 15 de noviembre. Accede aquí

 

Fechas y dotación por determinar

-Concurso El dios dinero. Previsto para los próximos meses

-Concurso El dios tecnología. Previsto para los próximos meses

-Concurso Pensar la memoria. Previsto para los próximos meses


Historias de la calle

cuarta edición

admisión de originales hasta el 11 de marzo

Premio: 1.500 euros en premios

Formato: Textos de hasta 1000 palabras, 20 fotografías o vídeo de 5 minutos

Admisión de originales: del 7 de diciembre al 11 de marzo

Periodo de votaciones: del 12 de marzo al 11 de abril

Fallo del Jurado: el 30 de abril de 2019

Más información sobre el concurso

Contemplaba la calle borrosa, y cronometraba reloj en mano, hacía ya diez minutos, los autos, los carruajes, los tranvías y las siluetas de los transeúntes por la distancia. […] Si se pudieran medir los saltos de la atención, el rendimiento de los músculos de los ojos, los movimientos pendulares del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un hombre para conseguir abrir brecha a través de la afluencia de una calle, es de presumir que resultaría una dimensión frente a la cual sería ridícula la fuerza que necesita Atlante para sostener el mundo.

Robert Musil, El hombre sin atributos

Robert Doisneau, Le chien a roulette (1977)

Lo hemos dicho en otras ocasiones: Historias de la calle es una invitación a explorar y extraer narraciones de entornos de nuestra vida como el edificio o la calle en los que vivimos o hemos vivido. La propuesta responde a nuestra convicción de que el barrio no es solo un espacio físico que funciona de escenario de lo cotidiano, un aspecto secundario de muchas de nuestras vivencias. Es, más que eso, un eje de coordenadas que nos sirve para orientarnos, para enclavar nuestra vida o los diferentes tiempos de los que está hecha nuestra vida. Las personas que nos son más queridas, pero también las caras conocidas, como presencias habituales, y los saludos, las conversaciones circunstanciales (o no) y los distintos espacios, y olores y sabores, conforman una topografía sentimental, en la que cada elemento tiene asignado un valor afectivo, cada uno como una sinécdoque formidable: la parte por el todo para recuperar en un instante un cúmulo enorme de vivencias que hacen a uno reconocerse a sí mismo. Porque la calle o el barrio afianza el sentido de pertenencia, y con este el de identidad, sobre todo en la infancia y la juventud. Las calles se pasean, pero también se habitan. Es una habitación, en sentido propio: una sala de estar común (como vio Kapuściński en África), el espacio idóneo para la convivencia. El barrio o la localidad funciona en cada individuo de marco de su vida: en realidad como un segundo círculo concéntrico, con un radio más amplio que la familia, que también lo abraza y lo protege, o en circunstancias menos favorables lo presiona con determinación para no dejarle escapar. La ciudad es como una casa grande, decía Alberti. Lo diferencia de la familia la posibilidad de elección que se abre aquí, con un peso menor de lo impuesto o lo que uno no puede cambiar: la decisión (aunque muchas veces limitada) de dónde se quiere vivir y con quién: la elección, por ejemplo, de esos primeros amigos del barrio, que son determinantes en la conformación de uno mismo.

No hay existencia sin convivencia: la mirada nos remite al estar con otros. No nacemos hechos, sino que nos vamos haciendo nosotros mismos, cada uno con su propio criterio para dirigir su vida: libres, pero en un entorno que, en buena medida, nos viene impuesto. Así, esas circunstancias serían una limitación que, con un planteamiento más optimista, ayudarían a la conformación de la persona concretando sus posibilidades, y, con otro menos entusiasta, la dificultarían, haciendo de esa libertad una prebenda cruel. Una cuestión que en su desarrollo filosófico tiene unas tripas más intrincadas, pero que es también accesible desde la narrativa, con formulaciones más intuitivas para esos entornos que son, con sus primeros diámetros (sus circunstancias más próximas), la familia y los vecinos.

Cosmin Munteanu, Humanless

Lo que nos lleva a una última motivación para este concurso: nuestra preocupación por la pérdida de la calle en los últimos años. Los padres de los niños y adolescentes actuales crecieron en la calle, la mayor parte de su tiempo libre lo pasaron en la calle, relacionándose dentro de un grupo amplio y flexible. Sus hijos, en cambio, esto no lo han conocido. No porque hayan decidido sustituirlo por los nuevos modos de comunicación que permiten los aparatos electrónicos, sino por el miedo de sus padres a que les pase algo si los sueltan en la calle y les conceden la libertad de aprender allí lo que la calle tenga que enseñarles. Un pequeño inciso: A pesar de la queja generalizada de los adultos por la infiltración de los móviles en la vida de los jóvenes, entendemos que la tecnología aquí ha sido el remedio, no el problema: ha ejercido de paliativo, como una versión encapsulada de relacionarse, ante el efecto demoledor de ese miedo que ha encerrado en sus casas a las últimas generaciones de niños (víctimas, no culpables). Parece que queda lejos ya esa descripción de la calle de De Lillo en Submundo:

Cómo se adaptan los críos, aprovechando los muros de ladrillo y las farolas y las bocas de incendio. Observó a una chica que ataba un extremo de su comba a los barrotes de una ventana e instruía a su hermano pequeño para que agitara el otro extremo. A continuación, se situó junto al centro de la cuerda y empezó a saltar. Ni historia ni futuro. Contempló a un chiquillo que jugaba a pelota mano contra sí mismo, ejecutando mates contra un muro. La ligereza de la bola de caucho, la clásica pelota rosa, rebotando en la fachada de ladrillo. Y la intensidad de aquel momento en el área de juegos. Incapaz de imaginar que alguna vez sobrepasarás la marca de lápiz que tu madre ha pintado en la cocina para señalar su estatura. […] Los niños saltan sobre las espaldas de sus compañeros. Por lo general, el más gordo es el encargado de hacer de apoyo, reclinado contra un muro o una farola mientras los demás chicos del equipo se agachan uno tras otro y sus rivales corren y van saltando uno por uno, desplomándose sobre ellos con gritos de excitación. Con los niños agachados tambaleándose bajo el peso, el líder del equipo montado levanta un brazo y hace la pregunta: ¿Churro, media manga o mangotero?

¿Por qué es bueno escribir de la calle? Una reflexión de Juan Villoro

Del taller “Teoría y práctica del relato” que impartió Juan Villoro en Talleres de escritura Fuentetaja en junio de 2017

 

Dosier sobre narrativa y calle

Características

Se valorará que el autor incluya el nombre y una imagen de la calle que haya servido de inspiración al texto. Para ello se puede usar el programa Street view, incorporado al editor de textos (puedes ver un breve tutorial aquí).

Las obras presentadas no pueden contener más de veinte fotografías, más de 1.000 palabras y vídeos (alojados en plataformas externas del tipo Youtube o Vimeo) de más de cinco minutos de duración. Pueden combinarse los tres registros hasta superarse en cada caso sus máximos.

Fechas: La convocatoria comienza el 7 de diciembre de 2018 y el plazo de admisión de originales abarca hasta el 11 de marzo de 2019. Votaciones del 12 de marzo al 11 de abril de 2019. Fallo del Jurado: 30 de abril de 2019.

Para poder acceder a los premios será necesario haber puntuado un mínimo de 10 obras en el periodo de votaciones. El club es un espacio para ser leído y comentado, pero también para leer y comentar las obras de otros.

.


Relatos sobre la despoblación

periodo de votaciones hasta el 19 de diciembre

Premio: 1.500 euros en premios

Formato: Textos de hasta 500 palabras, 10 fotografías o vídeo de 5 minutos

Admisión de originales: del 24 de septiembre al 19 de noviembre

Periodo de votaciones: del 20 de noviembre al 19 de diciembre

Fallo del Jurado: el 11 de enero

Más información sobre el concurso

Visto desde la loma, Ainielle se cuelga sobre el barranco, como un alud de losas y pizarras torturadas, y sólo en las casas más bajas -aquellas que rodaron atraídas por la humedad y el vértigo del río- el sol alcanzará a arrancar aún algún último destello al cristal y a las pizarras. Fuera de eso, el silencio y la quietud serán totales. Ni un ruido, ni una señal de humo, ni una presencia o sombra de presencia por las calles. Ni siquiera el temblor indefinido de un visillo o de una sábana colgada en el frontal de alguna de cualquiera de sus múltiples ventanas. Ningún signo de vida podrán adivinar en la distancia.

Julio Llamazares, La lluvia amarilla

Fotografía de Miguel Sebastián

Llamazares encontró en Ainielle, en el Pirineo de Huesca, abandonado desde 1970, el espacio que necesitaba el monólogo de su narrador, último habitante del pueblo, pero no lo habría tenido difícil para dar con otros. En España y en casi cualquier país son muchos los municipios que se encuentran en estado crítico, en peligro de extinción, arrasados por un círculo vicioso que implica también el envejecimiento de la población y la falta de servicios, incluso los básicos, como internet o el transporte público. Descolgados de toda posibilidad de optimismo por el futuro, inmolados sin más, demasiado lejos de donde se concentran el poder y la información para llamar la atención.

El problema viene de lejos, pero cuando el autor leonés dio con Ainielle la despoblación no parecía interesarle a nadie, más allá de a los directamente afectados. Novelas como La lluvia amarilla, publicada en 1988, o antes El disputado voto del señor Cayo, de 1978, fueron excepciones, manifestaciones aisladas de dos autores que se sintieron implicados, que lo vivieron muy de cerca. En los últimos años, en cambio, ha habido una mayor sensibilidad hacia esta sangría, un viraje que también han hecho el arte y la literatura para tomarle el pulso a este fenómeno. Hay párrafos de Los últimos de Paco Cerdà que recuerdan mucho a la novela de Llamazares, pero ahora el contexto es otro, forman parte de un ecosistema de publicaciones, con otros libros, todos ellos bien acogidos, de ficción y ensayos, con bastantes ediciones la mayoría, y proyectos fotográficos y películas, además de reportajes en prensa.

Con “Relatos sobre la despoblación” en el Club de escritura queremos también sumarnos a la iniciativa, multiplicando las perspectivas para cercar el problema: buscamos hacer entre todos un corpus con vuestras experiencias, recuerdos o historias oídas a otros, sobre personajes, acontecimientos o lugares de cualquier rincón del mundo. Con un tono más nostálgico, o que incida en las condiciones durísimas que les obligaron a marcharse, o capaz de rescatar lo bueno que todavía queda. Con un máximo de 500 palabras, pero también con fotografías o un vídeo de 5 minutos, con el formato que mejor se adecue a la historia. Buscando en lo concreto, en el hecho puntual, como si fuera casi una epifanía, una eclosión de sentido capaz de trasmitirnos su emoción.

Fotografía de José Manuel Navia. Colección Otero de Sariegos

La despoblación en la narrativa actual

Comienza Paco Cerdà Los últimos. Voces de la Laponia española: 

Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se transmuta en metástasis extrema de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida.

Lo escribe después de recorrer 2.500 kilómetros de las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castellón, más de 1.300 pueblos, una extensión el doble de grande que Bélgica pero en la que solo vive medio millón de personas, con una densidad que no llega a 8 habitantes por kilómetro cuadrado:

El silencio nos recibe. La desolación nos rodea. La belleza de la despoblación se despliega con toda su fuerza. Parece una contradicción, una paradoja. Pero es una innegable sensación de placer estético y sentimental que, a un tiempo, inocula el sentido de culpa en quien la experimenta. Nadie debería gozar de la catástrofe etnológica, de la muerte de un pueblo y de su reducción a evocadoras ruinas. No debería uno permitirse el lujo inhumano de sentir regocijo visual de un silencio que es enmudecimiento forzoso, de una paz que es el resultado de una guerra perdida, de una melancolía ajena que no fue más que bilis negra sin ápice de encanto ni atractivo sensorial en quien la padeció en sus entrañas. Nunca la fascinación romántica por el tempus fugit de un pueblo, jamás la decadencia con rastro de muerte civilizatoria debería —por muchas teorías sobre lo bello y lo sublime— conmover nuestro espíritu con fruición y deleite. Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruda belleza.

Una belleza cruda que han recogido, entre otros, los fotógrafos Cristóbal Hara, José Manuel Navia, César Sanz, Encarna Mozas o Miguel Sebastián. O la cineasta Mercedes Álvarez en El cielo gira (2004): También un viaje, a su pueblo, Aldealseñor, en Soria. Con la metáfora que le permite el pintor Pello Azkera, que está casi ciego, al que le van desapareciendo las cosas, como desaparecen del pueblo, con solo ya 14 habitantes cuando rueda la película.

Pero lo cierto es que la nómina de autores que merodean el tema es ya bastante amplia. El propio Llamazares en un artículo reciente apunta varios nombres en España: Alejandro López Andrada con El viento dormido, Emilio Gancedo con Palabras mayores, Jesús Carrasco con Intemperie y Fermín Herrero con Tempero y Tierras altas.  Recuerda también la Celama de Luis Mateo Díez. Como la Mágina de Antonio Muñoz Molina. Pero es La España vacía de Sergio del Molino, un ensayo, o un libro de viajes (como el de Cerdà, o los de Ignacio Sanz, Ramón Carnicer y Jesús Torbado), el que ha tenido una repercusión mayor y le ha dado nombre a esta extensión que ocupa casi la totalidad de la España interior: un nombre neutro (podría haber sido la España vaciada, más enfocado a los responsables), que evita también cualquier personificación (con la enfermedad, la agonía y la muerte), un nombre que parece solo funcional, obvio, pero que apunta a una dicotomía descompensadísima. Escribe en la introducción al libro:

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.

Fotografía de José Manuel Navia. Colección Otero de Sariegos

El fenómeno es global: más de la mitad de la población vive en ciudades (cada vez más). En Iberoamérica, la región más urbanizada del mundo, hasta el 80% de sus habitantes, muchos en metrópolis enormes. Con una línea divisoria muy marcada entre lo rural y lo urbano. Lo que en su literatura ha supuesto, primero, una traslación de su temática, durante mucho tiempo volcada en la construcción de lo rural, con el éxito enorme que supuso además el boom latinoamericano, y también una literatura de viajes, con ese desplazamiento de los personajes del pueblo a la ciudad, reflejo de la profunda transformación social que esto conlleva. Juan Rulfo, que fue además un buen fotógrafo, con una clara voluntad documental, hizo de Comala el paradigma del pueblo abandonado. En su novela, y también en sus cuentos, se palpa el silencio de esos paisajes vacíos, que obligan muchas veces a sus personajes al monólogo. Pero ejemplos tiene que haber muchos. Os los pedimos a vosotros: echadnos una mano, escribidlos abajo, en el espacio de comentarios, descubridnos obras y autores de distintos países que hayan hecho de la despoblación (y otros temas limítrofes) el centro de su indagación.

 


Historias de familia

quinta convocatoria

en periodo de votaciones hasta el 9 de enero

Premio: 500 euros en premios

Formato: 1000 palabras, 10 fotografías o vídeo de hasta 5 minutos

Admisión de originales: del 7 de septiembre al 10 de diciembre

Periodo de votaciones: del 11 de diciembre al 9 de enero

Fallo del Jurado: el 31 de enero de 2019

Más información sobre el concurso

Coco Fronsac, ¿Pero qué mosca te ha picado?

Un cambio importante en nuestro tiempo ha sido la aceptación (más o menos) general de las distintas formas que puede adoptar una familia, las tipologías que hoy se reconocen social y legalmente en muchas partes del mundo, principalmente a partir de la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo y el incremento de las familias monoparentales. Hemos cambiado las definiciones restrictivas del pasado por un espacio más amplio hecho de más posibilidades, más inclusivo, que ha supuesto, además de otros cambios obvios en el plano social, el punto de partida para una reflexión desde el arte o la literatura en torno a lo que tienen o deben tener en común las familias con estos nuevos parámetros, cómo escribir o reflexionar sobre la familia sin los corsés que delimitaban con trazo grueso qué entraba y qué quedaba fuera del ámbito familiar (también en lo afectivo y emocional). Un ejercicio más audaz, más exigente en la búsqueda de unas coordenadas propias.

Lo sabemos bien: Las cuatro ediciones que suma este concurso componen ya un registro de cerca de 2.000 historias, con un ancho de espectro de tipologías, circunstancias y emociones enorme. La familia funciona bien de saco de historias para el escritor, para buscar sus primeros temas, y con ellos su tono y sus metas. La familia es materia universal: lugar de respuestas para el que escribe y para el que lee lo que otros han escrito, en un ejercicio de introspección que sirve tanto para la autobiografía como para la pura ficción. Es territorio de exploración, porque las distintas fuerzas gravitacionales de cada familia apuntan a los grandes temas. Pero hay que acertar con el modo de abordarlo: saber dar con ese centro que pone en órbita todos los demás elementos (lo que explica Elvira Navarro sobre la novela de la madre y del padre).

Lo que os pedimos, también en esta ocasión, es una historia familiar que parta de una foto (que debéis subir también). Queremos estimularos a escribir -quién no tiene una buena historia de familia-, pero también a compartir vuestra historia y a reescribirla, editándola tantas veces como sea necesario, tomando en consideración las observaciones que os hagan los otros usuarios, ejercitando asimismo vuestra crítica y autocrítica en ese espacio de comentarios que debéis gestionar vosotros mismos, facilitando la comunicación entre los participantes (autores y lectores). Tenéis hasta el 10 de diciembre para escribir un máximo de 1.000 palabras (o subir 10 imágenes o un vídeo de hasta 5 minutos) que sirvan de acotación a una foto del álbum familiar.

Lewis Carroll

Dos reflexiones vertebran esta propuesta para escribir una historia de familia a partir de una fotografía.

La primera, de W. G. Sebald:

Los álbumes de fotografías familiares son un tesoro de informaciones, nadie puede reconstruir una novela familiar mejor que una imagen.

La segunda, de Sergio del Molino (de su narrador en Lo que a nadie le importa):

Yo tengo que convertir el presente de indicativo de mis abuelos en pretérito perfecto simple, y en la operación estoy obligado a inventármelo todo, porque el presente de indicativo no deja rastro. No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca.

Es la fotografía familiar la que le da a lo cotidiano una permanencia sólida en el tiempo (de ahí muchas veces su carga de teatralidad). Hay muchas historias extraordinarias que son fruto del puro testimonio familiar o que se inspiran en hechos familiares en los que las imágenes -abiertas siempre a lecturas, interpretaciones y comentarios- fueron las protagonistas. Por ejemplo (en el ámbito puramente biográfico): El crítico de cine francés Serge Daney, que solo conoció a su padre, actor, en la pantalla de un cine. O la madre de Fernando Arrabal, que recortó e hizo desaparecer al padre de este en todas las fotografías del álbum familiar.

Nos interesa ese álbum tradicional como organizador de imágenes: Signo inequívoco de una iconografía cotidiana que fija la estructura familiar. Las fotografías tomadas de aquí y de allá convertidas en literatura, porque como álbum tienen un argumento y unos personajes, y la presencia tácita de un narrador que escoge y organiza las fotos de una determinada manera, las censura, hace sus propias elipsis en el tiempo, o intercala otras de otros fotógrafos.

Y nos interesa también ese segundo nivel que supone el tratamiento al que son sometidas por un nuevo narrador, quien tiene que reconstruir con esa imagen el momento que quiso captar el fotógrafo y llevarlo a su presente y usarla para apuntalar su recuerdo, para ubicarse también él (protagonista o no) en esa microhistoria: la actitud con la que el narrador se enfrenta a ese material, a las fuentes de su memoria.

Un ejemplo excepcional de este ejercicio de recreación del ámbito familiar a partir de fotografías es el libro de Anelio Rodríguez Concepción Historia ilustrada del mundo (Pre-textos, 2017). En una conversación que tuvimos con él nos explicó el origen y desarrollo de su propuesta: “Historia ilustrada del mundo es el fruto de un larguísimo proceso de aprendizaje y autorreconocimiento que, más allá de los filtros de la memoria personal y colectiva, tarde o temprano habría de traducirse tanto al medio de la imagen como al de la palabra oral o escrita. […] Decidí componerlo así hace muchos años, cuando en los ratos libres empecé a escanear todas las fotos de los viejos álbumes familiares, no sólo las que yo había hecho. Mientras las limpiaba valiéndome de un programa informático de tratamiento de imágenes, me recreaba ampliándolas para observar los mínimos detalles, incluso los del trasfondo de aquellas figuras humanas que se dejaban retratar. […] Así pues, durante varios años, mientras de tarde en tarde transitaba por el espacio enmarcado en esas fotos, mientras pude convivir con las figuras reconocibles en dicho espacio, mi mente se estiró y se sintió estimulada como la del lector de un largo relato sin principio ni final. Ese ejercicio de introspección trascendería los grumosos límites de la memoria hasta una nueva dimensión en la que interactúan los cinco sentidos.”

Como en el libro de Anelio, el objetivo es dar con una imagen (una foto o una escena de una película doméstica, o incluso un dibujo u otro objeto que tenga para vosotros un claro valor simbólico) que contenga la génesis de una buena historia, sin caer en clichés, y extender luego su sentido con un texto, otras imágenes, vídeos o música. Ponerles rostro a las fotos de Greg Sand. Escribe Bourdieu en Un arte medio: “La práctica fotográfica existe —y subsiste— en la mayoría de los casos por su función familiar, o mejor dicho, por la función que le atribuye el grupo familiar, como puede ser solemnizar y eternizar los grandes momentos de la vida de la familia y reforzar, en suma, la integración del grupo”.

 

Regístrate en el club para participar en sus concursos y actividades