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¿Qué es el club de escritura?

—Es una red de concursos literarios en abierto (todos leen, todos votan), con convocatorias muy diferentes, generosas dotaciones y acompañados de materiales didácticos especializados para todos los niveles.

—Es una plataforma de autopublicación gratuita desde la que compartir con quien desees todo tipo de escritos (literarios, profesionales...), sin límite de extensión y, si lo deseas, integrando fotografías, videos y otros recursos innovadores dentro del texto.

—Es una gran comunidad participativa de decenas de miles de lectores y aficionados a la escritura que se leen y ayudan entre sí con sus comentarios.

—Es también una potente e innovadora herramienta de composición a disposición del texto literario tradicional al mismo tiempo que se abre a una nueva generación de textos enriquecidos.

 

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A lo largo del curso 2017-2018 están previstos los siguientes concursos literarios

 

-Concurso Historias de la calle. Abierto el plazo de admisión de originales hasta el 12 de marzo de 2018. Accede aquí

-Concurso de preguntas ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre. Accede aquí

-Proyecto colectivo ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre. Accede aquí

-Concurso Historias de familia. Dotación: 1.000 euros. Abierto el periodo de votaciones hasta el 11 de enero. Accede aquí

-Premio Café Madrid de proyectos de novela. Dotación: 4000 euros. Desde enero hasta marzo

-Concurso de microrrelatos "El viaje que aún no he hecho". Dotación: 1.000 euros. Desde febrero hasta abril

-Premio de poesía Amarante. Dotación: 500 euros y publicación de un libro. Desde marzo hasta mayo

-Concurso de relato filosófico. Dotación: 1.000 euros. Desde marzo hasta mayo

-Concurso Historias del trabajo. Dotación: 1.000 euros. Desde marzo hasta junio

-Concurso Historias con sabor. Dotación: 2000 euros. Desde abril hasta junio

-Concurso Historias del viaje. Dotación: 1.000 euros. Desde junio a septiembre

-Premio de poesía in-VERSO. Premio: publicación de un libro. Desde julio hasta septiembre

Fechas y dotación por determinar

-Concurso El dios dinero. Previsto para los próximos meses

-Concurso El dios tecnología. Previsto para los próximos meses

-Concurso Pensar la memoria. Previsto para los próximos meses

 


Abierto el plazo, hasta el 12 de marzo: III Concurso Historias de la calle

Premio: 1000 euros en premios

Admisión de originales: del 7 de diciembre al 12 de marzo

Periodo de votaciones: del 13 de marzo al 12 de abril

Fallo del Jurado: el 30 de abril de 2018

Contemplaba la calle borrosa, y cronometraba reloj en mano, hacía ya diez minutos, los autos, los carruajes, los tranvías y las siluetas de los transeúntes por la distancia. […] Si se pudieran medir los saltos de la atención, el rendimiento de los músculos de los ojos, los movimientos pendulares del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un hombre para conseguir abrir brecha a través de la afluencia de una calle, es de presumir que resultaría una dimensión frente a la cual sería ridícula la fuerza que necesita Atlante para sostener el mundo.

Robert Musil, El hombre sin atributos

 

La calle

Historias de la calle, como las demás propuestas del cuadríptico —junto a Historias de familia, Historias del trabajo e Historias de viaje—, es una invitación a explorar y extraer narraciones de los diversos entornos de nuestras vidas: en este caso el edificio o la calle en la que el autor vive o ha vivido. El concurso responde a nuestra convicción de que el barrio no es solo un espacio físico que funciona de escenario de lo cotidiano, un aspecto secundario de muchas de nuestras vivencias. Es, más que eso, un eje de coordenadas que nos sirve para orientarnos, para enclavar nuestra vida o los diferentes tiempos de los que está hecha nuestra vida. Las personas que nos son más queridas, pero también las caras conocidas, como presencias habituales, y los saludos, las conversaciones circunstanciales (o no) y los distintos espacios, y olores y sabores, conforman una topografía sentimental, en la que cada elemento tiene asignado un valor afectivo, cada uno como una sinécdoque formidable: la parte por el todo para recuperar en un instante un cúmulo enorme de vivencias que hacen a uno reconocerse a sí mismo. Porque la calle o el barrio afianza el sentido de pertenencia, y con este el de identidad, sobre todo en la infancia y la juventud. Las calles se pasean, pero también se habitan. Es una habitación, en sentido propio: una sala de estar común (como vio Kapuściński en África), el espacio idóneo para la convivencia. El barrio o la localidad funciona en cada individuo de marco de su vida: en realidad como un segundo círculo concéntrico, con un radio más amplio que la familia, que también lo abraza y lo protege, o en circunstancias menos favorables lo presiona con determinación para no dejarle escapar. La ciudad es como una casa grande, decía Alberti. Lo diferencia de la familia la posibilidad de elección que se abre aquí, con un peso menor de lo impuesto o lo que uno no puede cambiar: la decisión (aunque muchas veces limitada) de dónde se quiere vivir y con quién: la elección, por ejemplo, de esos primeros amigos del barrio, que son determinantes en la conformación de uno mismo.

No hay existencia sin convivencia: la mirada, pensaba Sartre, nos remite al estar-con. No nacemos hechos, sino que nos vamos haciendo nosotros mismos, cada uno con su propio criterio para dirigir su vida: libres, pero en un entorno que, en buena medida, nos viene impuesto. Así, esas circunstancias serían una limitación que, con un planteamiento más optimista, ayudarían a la conformación de la persona concretando sus posibilidades, y, con otro menos entusiasta, la dificultarían, haciendo de esa libertad una prebenda cruel. Una cuestión que en su desarrollo filosófico tiene unas tripas más intrincadas, pero que es también accesible desde la narrativa, con formulaciones más intuitivas para esos entornos que son, con sus primeros diámetros (sus circunstancias más próximas), la familia y los vecinos.

Lo que nos lleva a una última motivación para este concurso: nuestra preocupación por la pérdida de la calle en los últimos años. Los padres de los niños y adolescentes actuales crecieron en la calle, la mayor parte de su tiempo libre lo pasaron en la calle, relacionándose dentro de un grupo amplio y flexible. Sus hijos, en cambio, esto no lo han conocido. No porque hayan decidido sustituirlo por los nuevos modos de comunicación que permiten los aparatos electrónicos, sino por el miedo de sus padres a que les pase algo si los sueltan en la calle y les conceden la libertad de aprender allí lo que la calle tenga que enseñarles. Un pequeño inciso: A pesar de la queja generalizada de los adultos por la infiltración de los móviles en la vida de los jóvenes, entendemos que la tecnología aquí ha sido el remedio, no el problema: ha ejercido de paliativo, como una versión encapsulada de relacionarse, ante el efecto demoledor de ese miedo que ha encerrado en sus casas a las últimas generaciones de niños (víctimas, no culpables). Parece que queda lejos ya esa descripción de la calle de De Lillo en Submundo:

Cómo se adaptan los críos, aprovechando los muros de ladrillo y las farolas y las bocas de incendio. Observó a una chica que ataba un extremo de su comba a los barrotes de una ventana e instruía a su hermano pequeño para que agitara el otro extremo. A continuación, se situó junto al centro de la cuerda y empezó a saltar. Ni historia ni futuro. Contempló a un chiquillo que jugaba a pelota mano contra sí mismo, ejecutando mates contra un muro. La ligereza de la bola de caucho, la clásica pelota rosa, rebotando en la fachada de ladrillo. Y la intensidad de aquel momento en el área de juegos. Incapaz de imaginar que alguna vez sobrepasarás la marca de lápiz que tu madre ha pintado en la cocina para señalar su estatura. […] Los niños saltan sobre las espaldas de sus compañeros. Por lo general, el más gordo es el encargado de hacer de apoyo, reclinado contra un muro o una farola mientras los demás chicos del equipo se agachan uno tras otro y sus rivales corren y van saltando uno por uno, desplomándose sobre ellos con gritos de excitación. Con los niños agachados tambaleándose bajo el peso, el líder del equipo montado levanta un brazo y hace la pregunta: ¿Churro, media manga o mangotero?

Dosier sobre narrativa y calle

La calle funciona bien de hilo narrativo para dar coherencia y sentido a las vivencias. Es, más que el espacio físico, un espacio sentimental que sirve de sutura para los acontecimientos dispersos de una vida. También con la narrativa, con la que podemos rastrear el poso que la recreación del barrio, o de la comunidad de vecinos, deja en el carácter de los personajes, con un papel más relevante que el de mero escenario, por esa capacidad asociativa para reconstruir e hinchar (o deshinchar) los recuerdos.

La novela ha sabido encontrar en la ciudad, o el pueblo, un buen interlocutor para sacarle el máximo rendimiento a sus personajes (más allá del costumbrismo, que tipificó los paisajes: su descripción -hecha de tópicos, de colorido local- no aportaba gran cosa a la singularización de sus protagonistas). En el XIX, por ejemplo, el realismo naturalista asoció esos espacios urbanos a los procesos interiores del personaje; o el romanticismo hizo del paisaje una representación de la subjetividad de quien lo contemplaba. Como si fuera una metonimia para ahondar en sus rasgos. Lo que escribió Zola, que el hombre no puede separarse de su medio:

Describir [no] es nuestro objetivo; queremos, simplemente, completar y determinar […] Esto equivale a decir que ya no describimos por el placer de describir, por un capricho y un placer de retóricos. Estimamos que el hombre no puede ser separado de su medio, que su vestido, su casa, su pueblo, su provincia le completan; según esto no podremos notar un solo fenómeno de su cerebro o de su corazón sin buscar las causas o el contragolpe en el medio.

También con una función social, en la España de posguerra por ejemplo: Buero Vallejo concentra en un rellano esa España gris en Historias de una escalera. Transcurren treinta años de conflictos y frustraciones con los que envejecen los personajes en un solo escenario: una escalera de un pequeño edificio que funciona de testigo impasible de un país devastado por la guerra. Con Nada Carmen Laforetempequeñece la Barcelona idealizada por su protagonista, Andrea, hasta convertirla, al menos al principio, en solo la calle de Aribau, que adelanta la atmósfera enrarecida, asfixiante, de la casa cerrada, oscura y sucia de su abuela. O Miguel Delibes en Aún es de día hace de un barrio de una ciudad de provincias un antagonista cruel, despiadado con un contrahecho Sebastián que intenta asomar la cabeza sin éxito. Los tres escenarios como constataciones del esfuerzo inútil por desenvolverse en una circunstancia tan adversa, del desequilibrio de fuerzas que hace estéril cualquier intento de los protagonistas por conducir sus propias vidas en un entorno hostil.

Son piezas clave de la literatura el Dublin de Joyce, el París de Victor Hugo, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, o el Buenos Aires de Borges. Pero en realidad todos o casi todos los escritores han hecho de su ciudad (natal o adoptiva) un espacio propio para darle cabida a sus historias: un escenario con el que poder apuntalar su mundo narrativo, casi como un aleph, muy claro en esa literatura imbricada –la de Bolaño, por ejemplo– con la que algunos autores van solapando sus obras con muy pocos temas, centrados en dar con un misterio que se les resbala de las manos. Queda, de un lado, la reconstrucción frívola de esos escenarios como reclamo turístico de las ciudades, pero queda también, del otro, un callejero que conforma muchas veces los puntos cardinales de una poética que ha sabido arraigarse en un lugar. La narrativa de Baroja, por ejemplo, en el Madrid de principios del XX (en La busca):

En aquellas horas tempranas no se oía en ella el menor ruido; el portero había abierto el portal y contemplaba la calle con cierta melancolía.

El portal, largo, obscuro, mal oliente, era más bien un corredor angosto, a uno de cuyos lados estaba la portería.

Al pasar junto a esta última, si se echaba una mirada a su interior, ahogado y repleto de muebles, se veía constantemente una mujer gorda, inmóvil, muy morena, en cuyos brazos descansaba un niño enteco, pálido y larguirucho, como una lombriz blanca. Encima de la ventana, se figuraba uno que, en vez de “Portería”, debía poner: “La mujer cañón con su hijo”, o un letrero semejante de barraca de feria.

Si a esta mujer voluminosa se la preguntaba algo, contestaba con una voz muy chillona, acompañada de un gesto desdeñoso bastante desagradable. Se seguía adelante, dejando a un lado el antro de la mujer-cañón, y a la izquierda del portal, daba comienzo la escalera, siempre a obscuras, sin más ventilación que la de unas ventanas altas, con rejas, que daban a un patio estrecho, de paredes sucias, llenas de ventiladores redondos. Para una nariz amplia y espaciosa, dotada de una pituitaria perspicaz, hubiese sido un curioso sport el de descubrir e investigar la procedencia y la especie de todos los malos olores, constitutivos de aquel tufo pesado, propio y característico de la casa.

El cine (o un cierto tipo de cine) también ha hecho de la calle su espacio propio. Como discurso social y estético. Decía el cineasta brasileño Eduardo Coutinho que el espacio hay que respetarlo, que hay que descubrir la película en su lugar, para ser la expresión honesta de un aspecto de la realidad, archivo y memoria de unos hechos, con solo la síntesis de materiales que organiza y estructura el director. En la primera escena de O fim e o principio, de 2005, Coutinho, junto a su equipo de grabación de camino al interior de Paraíba, enuncia las líneas maestras de su película: “Queríamos encontrar una comunidad rural que nos aceptara”. Lo improvisan todo: no hay una investigación previa, ni un tema, ni localizaciones. “Queremos historias. Si no las encontramos acá, iremos a otro pueblo, como gitanos”, dice. Lo que hace la belga Agnès Varda -precursora de la Nouvelle vague o Nueva ola- con Daguerréotypes, de 1975: graba la vida cotidiana de un día cualquiera en la Rue Daguerre de París, “una calle normal con gente que pasa y gente detrás de cada puerta y ventana”, “el teatro de lo cotidiano”. O el danés Johan van der Keuken con Amsterdam Global Village en 1996: un retrato de casi cuatro horas de su ciudad que vertebra con un joven mensajero que recorre toda Amsterdam entregando vídeos y fotografías. O -un último ejemplo- los Diarios que el director isrealí David Perlov comienza grabando desde su ventana, primero lo que queda fuera de su casa, otras viviendas y la calle, y luego su familia, para retratarse en el Tel Aviv de 1973. Con las ventanas (al comienzo en su viejo piso y luego en el nuevo, al que se mudan) convertidas en símbolo, como organizadoras de la realidad.

Un ejemplo: esta escena de Daguerréotypes, que funciona de síntesis del compromiso estético de Varda:

Y, por último, la fotografía: Con los dispositivos cada vez más pequeños -también los teléfonos móviles, todos con cámara-, la fotografía callejera, que a finales del XIX reconoció en las calles de las ciudades un tema digno, se ha vuelto incluso una práctica mayoritaria. Aunque fotografiar es lo fácil; es expresarse con las fotografías lo difícil: al fotografiar gente en lugares públicos: acertar con el encuadre, pero sobre todo con el momento, saber atrapar el instante decisivo, “cuando motivo, tiempo y composición convergen en un todo trascendente”, con los términos de Henri Cartier-Bresson. Esto es: hacer de la fotografía un mecanismo de representación del mundo, un reflejo de la sociedad, con sus temas espontáneos, sin demasiado tiempo nunca para preparar la toma, con ese espacio único que es la calle.

Nos vale también -obligados a sintetizarlo todo tanto- con un ejemplo: tres imágenes sacadas de la serie Madrid anónimo de Luis Baylón, las fotografías en blanco y negro con la que retrata a personajes anónimos, pero muy potentes, del Madrid de los 80 y 90.

Puedes conocer las bases completas de Historias de familia en la página del Club

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En periodo de votaciones, hasta el 11 de enero: IV Concurso Historias de familia

Premio: 1000 euros en premios

Periodo de votaciones: del 12 de diciembre al 11 de enero

Fallo del Jurado: el 31 de enero de 2018

Greg Sand

El planteamiento de Historias de familia concentra en buena medida lo que quiere ser el Club de escritura. Esa primera edición de comienzos de 2014, con la petición de una historia familiar que partiera de una foto que también había que publicar, ha dado paso a nuevas convocatorias y nuevos concursos que han buscado mantener ese compromiso con el entorno inmediato del autor, con los espacios fundamentales donde se desarrolla su vida, en un ejercicio de cercanía, de memoria y autoevaluación. Cada año planteamos en el Club nuevos concursos con distintas temáticas y formatos, pero los cuatro que conforman el cuadríptico -con una historia familiar, otra de la calle, otra del trabajo y otra de viajes- le dan a la plataforma una estructura fija, con fechas estables, para vertebrarla. Las propuestas deben servir para estimularos a escribir -quién no tiene una buena historia de familia-, pero también a compartir vuestra historia y a reescribirla, editándola tantas veces como sea necesario, tomando en consideración las observaciones que os hagan los otros usuarios, ejercitando asimismo vuestra crítica y autocrítica en ese espacio de comentarios que debéis gestionar vosotros mismos, facilitando la comunicación entre los participantes (autores y lectores).

Greg Sand

Una historia de familia

El tema de este primer concurso no es azaroso: Lo difícil es dejarse fuera a la familia cuando uno escribe. La Odisea tiene mucho de historia familiar. También HamletMacbeth o Romeo y Julieta. O Madame Bovary. O Guerra y paz. Funciona bien de saco de historias para el escritor, para buscar sus primeros temas, y con ellos su tono y sus metas. La familia es materia universal: lugar de respuestas para el que escribe y para el que lee lo que otros han escrito, en un ejercicio de introspección que sirve tanto para la autobiografía como para la pura ficción. Es territorio de exploración, porque las distintas fuerzas gravitacionales de cada familia apuntan a los grandes temas. Pero hay que acertar con el modo de abordarlo: saber dar con ese centro que pone en órbita todos los demás elementos.

Dos reflexiones vertebran esta nueva propuesta para escribir una historia de familia.

La primera (que hemos usado otras veces), de W. G. Sebald:

Los álbumes de fotografías familiares son un tesoro de informaciones, nadie puede reconstruir una novela familiar mejor que una imagen.

La segunda, de Sergio del Molino (de su narrador en Lo que a nadie le importa):

Yo tengo que convertir el presente de indicativo de mis abuelos en pretérito perfecto simple, y en la operación estoy obligado a inventármelo todo, porque el presente de indicativo no deja rastro. No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca.

Es la fotografía familiar la que le da a lo cotidiano una permanencia sólida en el tiempo (de ahí muchas veces su carga de teatralidad). Hay muchas historias extraordinarias que son fruto del puro testimonio familiar o que se inspiran en hechos familiares en los que las imágenes -abiertas siempre a lecturas, interpretaciones y comentarios- fueron las protagonistas. Por ejemplo (en el ámbito puramente biográfico): El crítico de cine francés Serge Daney, que solo conoció a su padre, actor, en la pantalla de un cine. O la madre de Fernando Arrabal, que recortó e hizo desaparecer al padre de este en todas las fotografías del álbum familiar.

Nos interesa ese álbum tradicional como organizador de imágenes: Signo inequívoco de una iconografía cotidiana que fija la estructura familiar. Las fotografías tomadas de aquí y de allá convertidas en literatura, porque como álbum tienen un argumento y unos personajes, y la presencia tácita de un narrador que escoge y organiza las fotos de una determinada manera, las censura, hace sus propias elipsis en el tiempo, o intercala otras de otros fotógrafos.

Y nos interesa también ese segundo nivel que supone el tratamiento al que son sometidas por un nuevo narrador, quien tiene que reconstruir con esa imagen el momento que quiso captar el fotógrafo y llevarlo a su presente y usarla para apuntalar su recuerdo, para ubicarse también él (protagonista o no) en esa microhistoria: la actitud con la que el narrador se enfrenta a ese material, a las fuentes de su memoria. 

Os proponemos de nuevo tomar de punto de partida una imagen familiar (una foto o una escena de una película doméstica, o incluso un dibujo u otro objeto que tenga para vosotros un claro valor simbólico), que debe aparecer expresamente en la obra. Dar con una imagen que contenga la génesis de una buena historia, sin caer en clichés, y extender luego su sentido con un texto, otras imágenes, vídeos o música. Ponerles rostro a las fotos de Greg Sand. Escribe Bourdieu en Un arte medio: “La práctica fotográfica existe —y subsiste— en la mayoría de los casos por su función familiar, o mejor dicho, por la función que le atribuye el grupo familiar, como puede ser solemnizar y eternizar los grandes momentos de la vida de la familia y reforzar, en suma, la integración del grupo”.

Tipologías familiares y narrativa

La cita es larga, pero aquí imprescindible. Escribe Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi:

Si me hice escritor, es decir, si tomé esa decisión que definió mi vida, fue también a causa de los relatos que circulaban en mi familia, aprendí ahí la fascinación y el poder que se esconde en el acto de contar una vida o un episodio o un acontecimiento para un círculo de conocidos que comparten con uno los sobrentendidos de lo que se está contando. Por eso a veces digo que le debo todo a mi madre, porque ella fue para mí el ejemplo más convincente del modo de ser de un narrador que dedica su vida a contar con variantes y desvíos siempre la misma historia. Una historia que todos conocen y que todos quieren volver a escuchar una y otra vez. Porque esa es la lógica de la así llamada novela familiar, la repetición y el conocimiento de lo que está por suceder en la crónica de la vida que todos han comenzado a escuchar desde la cuna, porque uno de los ejercicios más persistentes en la familia de mi madre era contarles a los niños esas historias terribles […]

El material que ha proporcionado la familia para cualquier forma de narrativa es inabordable. La familia es al tiempo el ecosistema más básico en el que vive el escritor y un acceso privilegiado a muchos de los temas universales. Una máquina de afectos y de conflictos, ha dicho Piglia. 

Con muchos ejemplos en literatura y cine. En el dosier que acompañaba al concurso el año pasado hablamos de los Buendía, de Aviraneta, de los Marías y de los Panero. Pero advertíamos ya que valen también casos menos extraordinarios de sagas familiares, con sus objetos fetiche y su reconstrucción. Para contextualizar Historias de familia: obras que hacen hincapié en los materiales que les han servido de punto de partida para el relato.

O bien con un mayor protagonismo de la imagen. Como en el trabajo que Inmaculada Salinas presentó hace unos años en Visiona, de historias mínimas que desvelaban vínculos familiares: Micorrelatos en rojoestaba compuesto de 7.000 fotografías, 3 imágenes por microrrelato: la que aparecía en la primera hoja de cada álbum, la que ella consideraba más significativa y la que cerraba ese álbum, a las que añadió pequeñas citas de varios autores sobre distintos aspectos de las relaciones familiares.

O en el de Jo Spencer, con su deconstrucción total de las convenciones del álbum familiar, muy atenta a la forma de leer y evaluar los códigos de ese tipo de fotografía: una fototerapia, dijo ella misma, para mostrar los demonios que esconde la fotografía doméstica.

O bien con un mayor protagonismo de la palabra. Como en el caso del mismo Sebald, con su pulsión archivística como embrión de sus historias: una amalgama de textos manuscritos, fotos y recortes para reconstruir pequeñas biografías (reales o ficticias). Pero este dosier nos gustaría centrarlo en los testimonios que recogen nuevas tipologías de familia: al tiempo que la sociedad ha ido incorporando otras posibilidades al grupo que acepta como familia, al ampliarse los márgenes de su comprensión de qué es una familia, también la literatura ha abordado la distintas combinaciones posibles, con una mirada que le exige además al autor una reflexión con varios frentes y un posicionamiento. Nos interesa aquí, por ejemplo, la conversión de roles que conlleva la visión feminista, o los nuevos planteamientos sobre la maternidad, o sobre la paternidad, o sobre la vida en pareja, también de personas del mismo sexo, las familias monoparentales, etc. Sin corsés (solo el parentesco y la vida en común) para ensanchar al máximo el registro de las vivencias relatadas.

Señalamos solo unos pocos ejemplos de dos de los temas posibles (a los que podéis añadir otros en el espacio de comentarios).

Sobre la maternidad: En 2013 Ainhoa Rebolledo con Tricot planteaba como tesis, arropada por las tres protagonistas treintañeras de su novela, por qué, si las relaciones sentimentales acaban por lo general mal, no criar a los hijos entre amigas, por qué tener que soportar al hombre que las ha dejado embarazadas. Una forma de reestructurar el núcleo familiar (tricot es trío en catalán), que comienza precisamente con una cita de El desencanto, la película sobre la autodestrucción de los Panero, familia ejemplar para el franquismo, que usamos en un dosier anterior. Sobre otros enfoques de ser o querer ser madre se han escrito últimamente bastantes novelas y ensayos, que han tenido además repercusión: El silencio de las madres, de Laura Freixas, hace ya algunos años o, más recientes, Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares o Trincheras permanentes de Carolina León. Muy lejos de la figura idealizada de la madre que -como explica Amelia Valcárcel- se impone desde el siglo XIX.

Sobre el matrimonio homosexual: Con un planteamiento reflexivo, indagador, tanto Mendicutti con California como Pombo con Contra natura escribieron de ello a raíz de su legalización en España en 2005 y el debate que generó (incluido si esta legalización o normalización no es otra forma de perpetuar el tradicional matrimonio patriarcal). Muy lejos de Dennis Cooper, que con otro tono más trasgresor también lo abordó en Tentativa un poco antes, con unos personajes -por lo general oscuros, que se recrean en su fracaso- que cayeron mal como estereotipos.

Dos cuestiones muy alejadas entre sí, pero que convergen en esa voluntad de ampliar en el ámbito de la familia los derechos del individuo, liberándolo de ciertas restricciones históricas que han perdido su vigor, su aceptación mayoritaria en la sociedad.


Para participar es necesario conocer las bases completas de la convocatoria que se encuentran en la página del Club

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