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¿Qué es el club de escritura?

—Es una red de concursos literarios en abierto (todos leen, todos votan), con convocatorias muy diferentes, generosas dotaciones y acompañados de materiales didácticos especializados para todos los niveles.

—Es una plataforma de autopublicación gratuita desde la que compartir con quien desees todo tipo de escritos (literarios, profesionales...), sin límite de extensión y, si lo deseas, integrando fotografías, videos y otros recursos innovadores dentro del texto.

—Es una gran comunidad participativa de decenas de miles de lectores y aficionados a la escritura que se leen y ayudan entre sí con sus comentarios.

—Es una potente e innovadora herramienta de composición a disposición del texto literario tradicional al mismo tiempo que se abre a una nueva generación de textos enriquecidos.

—Es también un espacio didáctico en el que dar los primeros pasos en la escritura creativa gracias a sus talleres de iniciación y videotalleres, accesibles a todos.

 

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A lo largo del curso 2018-2019 están previstos los siguientes concursos literarios

 

-Concurso Historias del trabajo. Dotación: 1.000 euros. Desde marzo hasta junio. ABIERTO Accede aquí

-Premio de poesía in-VERSO. Premio: publicación de un libro. Desde junio a septiembre. PRÓXIMAMENTE Accede aquí

-Premio Joven de relato corto El corte inglés. Dotación: 2.500 euros en premios. Desde marzo hasta mayo. VOTACIONES Accede aquí

-Concurso de microrrelatos "El viaje que aún no he hecho". Dotación: 700 euros. Desde febrero hasta abril. Accede aquí

-Concurso Historias de la calle. Dotación: 1.000 euros. Desde diciembre hasta marzo.  Accede aquí

-Concurso de relato filosófico. Dotación: 1.000 euros. Desde enero hasta febrero. Accede aquí

-Concurso sobre la despoblación. Dotación: 1.500 euros. En periodo de votaciones. Accede aquí

-Concurso Historias de familia. Dotación: 1.000 euros. En periodo de votaciones. Accede aquí

-Premio Café Madrid de proyectos de novela. Dotación: 4.000 euros. Desde febrero hasta junio. Accede aquí

-Concurso de preguntas ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre a enero

-Proyecto colectivo ¿A dónde va la escritura digital? Desde noviembre. Accede aquí

-Concurso Historias del viaje. Dotación: 1.000 euros. Desde junio hasta septiembre. Accede aquí

-Historias con sabor. Dotación: 4.000 euros. Desde el 27 de septiembre hasta el 15 de noviembre. Accede aquí

 

Fechas y dotación por determinar

-Concurso El dios dinero. Previsto para los próximos meses

-Concurso El dios tecnología. Previsto para los próximos meses

-Concurso Pensar la memoria. Previsto para los próximos meses


abierto: Historias del viaje 4

Admisión de originales: del 11 de junio al 10 de septiembre

Periodo de votaciones: del 11 de septiembre al 8 de octubre

Fallo del Jurado: el 31 de octubre

n definitiva, no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar?

Ricardo Piglia

Diane Arbus. Taxista al volante con dos pasajeros, Ciudad de Nueva York, 1956

Lo decíamos en la convocatoria anterior: Escribir es también reenfocar. Una cuestión de actitud. Cuando os pedimos una historia de familia, o de la calle, o del trabajo, os pedimos explorar vuestros entornos más inmediatos, los que os son más conocidos, para estimular vuestra atención y buscar ahí el material para escribir, reenfocándolo. Con ese mismo fin de buscar en las experiencias más directas intensidad y autenticidad, el planteamiento de Historias del viaje es sumarle un nuevo nivel a esa reflexión sobre lo vivencial, con la invitación a aproximarse a eso que no consideramos próximo, que buscamos fuera de nuestro entorno o nuestra rutina. Supone, por eso, un plus de esfuerzo sobre los otros concursos del cuadríptico. Un mayor compromiso. Porque acercarse a lo desconocido es uno de los impulsos fundamentales de la labor artística. El viaje y la narración como búsqueda (y registro) del extrañamiento, para mirar distinto: más y mejor. Porque también narrar requiere una distancia: distancia de los hechos, distancia de la experiencia para encontrar un relato. Lo que decía Beckett: el artista es el que fracasa donde nadie se atreve a hacerlo. O Bolaño: el que mete la cabeza en lo oscuro, el que se aleja hacia lo desconocido: “hacia lo que nos aterroriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha”.

Viajar no es hacer turismo, o no necesariamente. El turista parece asumir unas directrices externas que le organizan el viaje y se lo hacen más cómodo, pero también menos estimulante, demasiado rodado todo como para implicarse más allá de dejarse llevar de un lado a otro. Viajar aquí quiere significar más bien conocer, comprender lo otro, ponerse en el lugar del otro. El desplazamiento puede ser mínimo. Es más bien una cuestión de disposición, por cuanto tiene de desubicación, de tener que orientarse de nuevo, de manejarse con unas coordenadas a las que uno no está hecho (y por tanto también probarse a sí mismo). El viajero, dice Javier Reverte, es el que carece de sentido de la propiedad, el que solo quiere irse. Es conocer una realidad ajena e intentar explicártela ordenando sus elementos en un relato para hacerla tuya.

CARACTERÍSTICAS

El concurso se desarrolla en la plataforma del Club de escritura, diseñada específicamente para dar cabida a este tipo de procesos, facilitando siempre la participación, la interactividad y la transparencia. Los concursos que convoca el Club son abiertos: desde el mismo momento en que se presenta una obra, esta se abre a la lectura, al comentario y a la recomendación por parte de cualquier visitante del club. Más adelante, la obra se somete también a la votación, en el entorno de un sofisticado sistema de programación y bajo el control de reglas destinadas a evitar abusos.

La convocatoria admite cualquier registro que permita el editor de textos: relatos de texto, series de fotografías, cortos audiovisuales y grabaciones sonoras. Los requisitos básicos son un máximo de diez fotografías, textos de un máximo de 1000 palabras y vídeos (alojados en Youtube o Vimeo) de una duración máxima de cinco minutos.

Fechas: La convocatoria comienza el 10 de junio de 2019 y su plazo de admisión de originales abarca hasta el 9 de septiembre de 2019. Votaciones del 10 de septiembre al 6 de octubre. Fallo del Jurado: 31 de octubre de 2019.

Puedes conocer las bases completas de Historias del viaje en la página del Club

 

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en periodo de votaciones: Historias del trabajo 4

Admisión de originales: del 12 de marzo al 10 de junio

Periodo de votaciones: del 11 de junio al 8 de julio

Fallo del Jurado: el 31 de julio

No me gusta el trabajo, a nadie le gusta; pero me gusta que, en el trabajo, tenga la ocasión de descubrirme a mí mismo.

Joseph Conrad

Historias del trabajo, también en esta segunda convocatoria, quiere animar a los participantes a explorar sus entornos más cercanos. De inspiración realista, busca la intensidad y autenticidad que surgen de las experiencias directas y vivenciales. Con esta nueva propuesta os invitamos a contar historias que han tenido como escenario un lugar de trabajo (o en esas zonas limítrofes que son el desempleo o la formación). Puede ser de carácter testimonial o ficcional. Pueden ser propias o de otros compañeros. Antiguas o actuales. O, con un carácter más evocador, sobre la misma empresa o fábrica, y su organización, o sobre un hecho relevante o revelador: Historias mínimas, pero que reverberan todavía en el recuerdo del protagonista o el testigo, a veces amables, agradecidas, pero otras el registro de los embates de una realidad que puede ser demoledora.

Algunos relatos que participaron el año pasado en la primera edición miraron al pasado, nostálgicos por ese mayor espacio para la artesanía y el campo, u horrorizados, por las condiciones durísimas que vieron en los oficios de sus padres y abuelos o que recordaron de su juventud. Otros al presente, con escenarios cambiantes, con una distancia mayor con el producto creado y menos apego por el patrón, y con relaciones más efímeras por una vida social más tangencial al puesto de trabajo, pero también con el entusiasmo o incluso el vértigo por las nuevas posibilidades que se van abriendo. Funcionaban muchos como denuncia, antídoto o aval de las predicciones que se repiten con cada cambio de ciclo, ahora con el que se espera de la sustitución de los trabajadores por robots. En un extremo: historias como las de los obreros excluidos de Ken Loach. En el otro: historias como la del carpintero Geppetto, que hace con sus propias manos a su hijo de madera. O su reverso: el Golem. O cualquiera de sus réplicas cibernéticas: lo que permite también aquí escribir sobre las relaciones laborales que intuimos para un futuro ya inmediato.

 

Sobre el trabajo en la literatura

La historia del cine la inaugura una película de unos pocos segundos que recoge la salida de los obreros de una fábrica de material fotográfico. Los hermanos Lumière, para representar el movimiento, filman en un solo plano a los trabajadores de su fábrica tras acabar la jornada laboral. En 1995, cien años después de esa primera película, Harun Farocki recupera la idea con el documental Trabajadores saliendo de la fábrica, que es la suma de imágenes rastreadas en películas de empleados abandonando su lugar de trabajo. Una salida que, con su tesis, sería un indicio de dónde busca el cine sus argumentos: fuera del trabajo, una vez que salen sus personajes de la fábrica, como si la vida dentro no permitiera buenas historias, por las rutinas hechas de repeticiones y una organización sin margen para decisiones personales. Pero ese encorsetamiento es solo superficial. Una persona le dedica al trabajo muchas horas cada día, la mitad al menos de las que pasa despierto. Es un espacio también para las relaciones personales, para concretar cada uno el proyecto que quiere para su vida, para satisfacciones e insatisfacciones tangenciales, para medir expectativas, etc. Como en El apartamento, de Billy Wilder. Han cambiado las condiciones laborales desde que los Lumière grabaron a sus empleados. El sector terciario es mucho mayor ahora. Y la informática ha generado nuevos empleos y ha transformado muchos de los anteriores: es todo ahora más global, aunque se trabaje desde casa, siempre o casi siempre con un ordenador. Pero el trabajo sigue ocupando nuestras vidas: lejos de cumplirse los presagios de un incremento enorme de horas de ocio cuando las máquinas multiplicaron la productividad de las fábricas en el XIX, las jornadas siguen siendo muy largas. Como en la escena de Charlot en la cadena de montaje en Tiempos modernos. Pero también, o sobre todo, en las oficinas, con nuevos mecanismos de poder atomizados y escalafonados: de lo que se queja Benedetti en sus Poemas de la oficina, y que trasmite bien Playtime, de Jacques Tati, con la escena en la que Monsieur Hulot no es capaz de llegar a una reunión importante, desorientado entre tantos cubículos para los empleados.

La diversidad de trabajos y condiciones laborales es enorme. Cada uno de ellos como un hábitat que le sirve al trabajador también de escenario de otras vivencias: no es verdad que la rutina y la mecanización de las tareas impida otras historias más sugerentes, que no quepan otras relaciones que las meramente profesionales o que el trabajador no pueda encontrar otras fórmulas más creativas para desarrollar su actividad. No buscamos para Historias del trabajo argumentos de utopías o distopías: queremos, más acá de eso, como hace Agnès Varda con los comercios en Daguerréotypes o Van der Keuken con su repartidor en Amsterdam Global Village, las historias personales que se localizan en ese eje de coordenadas que es el campo, la fábrica, la oficina, la calle o la carretera (u otras posibilidades más extrañas); en los que incluimos también el recuerdo de trabajos que ya han desaparecido o han cambiado del todo su fisonomía (muchos que desempeñaron nuestros padres o abuelos), o el tanteo ante nuevas formas de trabajar todavía no asentadas, que prueban con otros modos y medios de producción.

Eugene de Salignac, Pintores sobre el puente de Brooklin, 1914

 

Sobre la escritura como trabajo

No es fácil vivir de la literatura (o solo de la literatura). Los escritores, por lo general, han tenido antes otros oficios o han compatibilizado la escritura con un trabajo que, además de un sueldo, les ha permitido una experiencia que luego han trasladado a sus libros. Baroja, por ejemplo, fue médico, como su Andrés Hurtado. O Jack London marinero y buscador de oro. Aunque a menudo los protagonistas de novelas y relatos son también escritores, aunque a nadie se le escape lo que advierte Auster sobre el tedio de espiar a un escritor. O, de no ser escritores, con profesiones afines, o que el escritor considera o quiere considerar afines (por la trasmisión y creación de conocimiento que les supone a sus libros): de más acá, profesores (sobre todo universitarios); de más allá, detectives o policías. Escribe Marías en Todas las almas, con su narrador en Oxford, en un ejercicio que es también de memoria para el autor:

Bastaba que yo estuviera nerviosamente encaramado a una tarima durante las pocas horas en que establecía contacto visual con ellos para que el distanciamiento entre los alumnos y yo fuera casi monárquico. Yo estaba arriba y ellos abajo, yo tenía un bonito atril delante y ellos vulgares pupitres con incisiones, yo vestía mi larga toga negra (con las cintas de Cambridge y no de Oxford, por cierto, para mayor reserva) y ellos no la vestían, y eso era ya motivo suficiente para que no solo no discutieran mis tendenciosas afirmaciones, sino ni siquiera me hicieran preguntas cuando peroraba sobre la sombría literatura española de la posguerra durante una hora que se me hacía tan interminable como la propia posguerra a sus literatos (a los antirrégimen, muy pocos).

Ricardo Piglia, sobre las posibilidades de la investigación en Blanco nocturno: lo que le dice el policía Croce al periodista Renzi:

Vos leés demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras cómo son verdaderamente las cosas… No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve… No hay ninguna lógica. Luchamos para restablecer las causas y deducir los efectos, pero nunca podemos conocer la red completa de las intrigas… Aislamos datos, nos detenemos en algunas escenas, interrogamos a varios testigos y avanzamos a ciegas. Cuanto más cerca estás del centro, más te enredas en una telaraña que no tiene fin. Las novelas policiales resuelven con elegancia o con brutalidad los crímenes para que los lectores se queden tranquilos.

Pero algunos escritores han sabido dar con profesiones más distantes y, por ello, también más jugosas para la literatura. En una entrevista a Playboy le decía Roberto Bolaño a Mónica Maristain: “El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un cámping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana después hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”. Lo que recuerda luego de Arturo Belano Mary Watson en Los detectives salvajes:

Recuerdo, casi al final de la noche, haber visto a Hans discutiendo con el vigilante nocturno. Hans hablaba en español y parecía cada vez más excitado. Durante un rato los estuve mirando. En determinado momento me pareció que Hans se podía a llorar. El vigilante, por el contrario, parecía sereno, al menos no movía los brazos ni hacía gestos desmesurados.
Al día siguiente, aún no repuesta de la borrachera de la noche anterior, mientras me bañaba vi al vigilante nocturno. En la playa no había nadie, solo él. Estaba sentado en la arena, completamente vestido, leyendo el periódico. Al salir del agua lo saludé. Él levantó la cabeza y me devolvió el saludo. Estaba muy pálido y con el pelo revuelto, como si se acabara de despertar.

Y un poco más adelante:

La garita en donde el vigilante pasaba las noches era tan pequeña que una persona que no fuera un niño o un enano no podía permanecer estirada en su interior. Intentamos hacer el amor de rodillas pero era demasiado incómodo. Más tarde lo intentamos sentados en una silla. Al final terminamos riéndonos y sin haber follado. Cuando ya amanecía me acompañó hasta mi tienda y después se marchó. Le pregunté dónde vivía. En Barcelona, dijo. Tenemos que ir juntos a Barcelona, le dije.

Y que recrea también Javier Cercas en Soldados de Salamina, devolviéndole su papel a Roberto Bolaño:

Bolaño conoció a Miralles en el verano de 1978, en el cámping Estrella de Mar, en Castelldefells. El Estrella de Mar era un cámping de rulots al que cada verano acudía una población flotante compuesta básicamente por miembros del proletariado europeo: franceses, ingleses, holandeses, algún español. Bolaño recordaba que, al menos durante el tiempo que pasaba allí, aquella gente era muy feliz, él también se recordaba a sí mismo feliz. Trabajó en el cámping durante cuatro veranos, del año 78 al 81, y a veces también durante los fines de semana de invierno; hizo de basurero, de vigilante nocturno, de todo.

-Fue mi doctorado -me aseguró Bolaño-. Conocí a una fauna humana de lo más variopinta. En realidad, nunca en toda mi vida he aprendido tantas cosas de golpe como allí.

Las posibilidades aquí también son muchas. Pero cabe también la otra dirección, o el otro sentido: la del profesional que decide también escribir, y hacerlo con ambición literaria, haciendo de verdad literatura, pero sin dejar de ser lo que ha sido hasta entonces para volverse escritor, sino sumando a su condición de médico o jurista o informático la de escritor. Quizá más con el ensayo, pero también con la novela. Bastan un par de ejemplos: Oliver Sacks, neurólogo, con sus libros excepcionales sobre casos médicos que él había tratado, o Tony Judt, historiador, con sus ensayos sobre Europa que han llegado a convertirlo para muchos en guardián de su conciencia.

 

Puedes conocer las bases completas de Historias del trabajo en la página del Club

 

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