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¿Qué es el club de escritura?

—Es una red de concursos literarios en abierto (todos leen, todos votan), con convocatorias muy diferentes, generosas dotaciones y acompañados de materiales didácticos especializados para todos los niveles.

—Es una plataforma de autopublicación gratuita desde la que compartir con quien desees todo tipo de escritos (literarios, profesionales...), sin límite de extensión y, si lo deseas, integrando fotografías, videos y otros recursos innovadores dentro del texto.

—Es una gran comunidad participativa de decenas de miles de lectores y aficionados a la escritura que se leen y ayudan entre sí con sus comentarios.

—Es también una potente e innovadora herramienta de composición a disposición del texto literario tradicional al mismo tiempo que se abre a una nueva generación de textos enriquecidos.

 

A lo largo del año 2017 están previstos los siguientes concursos literarios

-Concurso Historias del Trabajo. Dotación: 1.500 euros. Abierto el plazo de admisión de originales hasta el 12 de junio

-Concurso Historias de la Calle. Dotación: 1.500 euros. Abierto el plazo de votaciones hasta el 13 de abril. Publicación del acta del jurado el 3 de mayo.

-X Premio Joven de Relato Corto. Ámbito Cultural, Ayuntamiento y Ateneo de Pamplona. Dotación 2.000 euros. Desde el 1 de abril

-Concurso de microrrelatos "El viaje que aún no he hecho". Dotación: 1.000 euros. Desde el 5 de abril

-Concurso de Relato Filosófico. Dotación: 1.000 euros. Desde el 18 de abril

-Concurso Historias con sabor. Dotación: 2000 euros. Desde el 23 de abril

-Concurso Historias del Viaje. Dotación: 1.500 euros. Desde el 12 de junio

-Concurso Historias de Familia. Dotación: 1.500 euros. Desde el 7 de septiembre

 

Fechas y dotación por determinar

-Concurso de Proyectos de Novela "Capítulo Uno". Previsto para septiembre de 2017

-Concurso de poesía. Previsto para agosto de 2017

-Concurso El dios dinero. Previsto para octubre de 2017

-Concurso de Relato Musicado. Previsto para octubre de 2017

-Concurso El dios tecnología. Previsto para noviembre de 2017

 

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Convocatoria abierta: II Concurso Historias del viaje

Dotación: 1.000 euros

El plazo de admisión de originales: del 12 de junio al 11 de septiembre

Las votaciones serán del 12 de septiembre al 8 de octubre

Fallo del Jurado: el 31 de octubre

 

En definitiva, no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar?

Ricardo Piglia 

Una historia del viaje

Las propuestas de Historias de familiaHistorias de la calle e Historias del trabajo quieren animar a los participantes a explorar sus entornos más inmediatos, más familiares. Con ese mismo objetivo de buscar la intensidad y la autenticidad que surgen de las experiencias más directas, el planteamiento de Historias del viaje es una vuelta de tuerca a esa reflexión sobre lo vivencial, con la invitación a aproximarse a eso que no consideramos próximo, que buscamos fuera de nuestro entorno o nuestra rutina. Supone, por eso, un plus de esfuerzo sobre los otros concursos del cuadríptico. Un mayor compromiso. Porque acercarse a lo desconocido es uno de los impulsos fundamentales de la labor artística. El viaje y la narración como búsqueda (y registro) del extrañamiento, para mirar distinto: más y mejor. Porque también narrar requiere una distancia: distancia de los hechos, distancia de la experiencia para encontrar un relato. Lo que decía Beckett: el artista es el que fracasa donde nadie se atreve a hacerlo. O Bolaño: el que mete la cabeza en lo oscuro, el que se aleja hacia lo desconocido: “hacia lo que nos aterroriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha”.

Todo viaje tiene algo de iniciático. Entendido al menos en un sentido amplio (que tiene más que ver con la asimilación de conocimientos nuevos): El trayecto en dirección a lo que no conocemos, un lugar, un grupo de gente o un tema que en principio no nos resulta familiar, pero donde creemos que puede haber algo que nos enriquezca. El otro, lo otro, lo que queda más allá de los límites de lo que nos es cotidiano (cualquier frontera, por delgada que sea, tiene por objetivo crear una distancia), pero que nos nutre y nos matiza cuando lo alcanzamos: lo que acaba formando parte de nosotros, enriqueciéndonos. No es solo una distancia física: puede ser asimismo intelectual (con un planteamiento más abstracto), marcada por la diferencia de sensibilidades, o por la falta de curiosidad, o por pereza, o indiferencia o miedo. Porque también vivir en un barrio rico y pasear por un barrio pobre (o al revés) es un viaje: un viaje de conocimiento si se lleva la sensibilidad despierta, si se aguza la observación y se hila con inteligencia. O visitar una mezquita un cristiano, o una sinagoga un musulmán. Como en El río, de Renoir, con las ceremonias ante el altar de Kali, una de las diosas del hinduismo.

Hay muchísimos ejemplos. Todos ellos un buen punto de partida para resolver la invitación de este concurso, porque todo viaje es traducible en un relato, puede concretarse con un relato. Dice Piglia: “Yo diría que el narrador es un viajero o es un investigador y a veces las dos figuras se superponen”. Un buscador de epifanías: “momentos fugaces, casi imperceptibles, que condensan lo que ha quedado de la experiencia en ruinas”. Porque narrar comprende en sí mismo una experiencia de conocimiento, al menos cuando hay una ambición artística detrás, cuando el creador no se ha quedado en el ámbito confortable de lo trillado, de lo repetido, de lo fácil. Como En la ciudad blanca, de Alain Tanner, con las tomas hechas por un marinero con una cámara súper 8 (predecesora de las cámaras que hoy todos llevamos en los móviles) en sus paseos por Lisboa. Las cintas con esas notas visuales mudas -las cámaras súper 8 no podía grabar sonido- se transforman en cartas cuando se las manda por correo a su enamorada. El relato que surge, desordenado, intuitivo, sin montar, en el orden que ha sido filmado, es puro viaje: descubrimiento.

Decía Taine que viajamos no para cambiar de lugar, sino de ideas. El viaje que menos nos interesa aquí es el de turismo: las motivaciones hedonistas o escapistas tienen poco que ver con el reto de ese otro viaje de búsqueda, de aprendizaje, de saber nutrirse con lo diferente. Decía Ortega que el turista es el que no se entera bien de nada, el que resbala sobre un lugar sin oprimirse contra él, forzándole a darle su contenido. O Chesterton que el viajero ve lo que ve, pero el turista ve solo lo que ha ido a ver. Una cuestión de actitud. Aunque eso no impide que el turista pueda tener también esos fogonazos, abierto a un objetivo más ambicioso para su viaje. Lo que ha escrito Javier Reverte: “La aventura de viajar consiste en ser capaz de vivir como un evento extraordinario la vida cotidiana de otras gentes en parajes lejanos a tu hogar”.

George Steinmetz

Existen diferentes vías para resolver esta nueva propuesta. Por ejemplo:

Se puede hacer un esfuerzo de memoria para rastrear esas situaciones en las que hemos viajado a lo otro, a lo diferente (aunque estuviese a nuestro lado), y hemos vuelto luego a la realidad con la sensación de habernos enriquecido. Con un ejercicio que es casi dialéctico: de desfamiliarizarte primero con esa realidad para aprehenderla de nuevo con plena conciencia.

O lanzarse a una experiencia nueva de viaje, aunque sea solo un día, si no se dispone de más tiempo para abordar una experiencia más ambiciosa. Elegir esa otra realidad desconocida a la que nunca nos hemos aproximado con la curiosidad y la sensibilidad bien despiertas, aunque no esté lejos. Andar una ciudad es desandarla, construirla y volverla a construir, mirarla hasta que ceda sus misterios, hasta percibir sus dimensiones en el tiempo, escribió Alejo Carpentier.

O afrontar una dimensión mayor del viaje con la aventura, que involucra, además de la curiosidad y la sensibilidad abiertas a lo otro, un componente de riesgo. Cada uno situando lo que es para sí mismo el riesgo y cómo tratar de traspasar su frontera. Escribe Cervantes de don Quijote: “Prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.” Después de todo, cualquier arte o literatura que merezca la pena surge de la asunción de un riesgo.

 

Unos pocos ejemplos

La Odisea, con el viaje de vuelta de Ulises de Troya a Ítaca, recupera un personaje de la Ilíada para trabajarlo más, con un rostro más complejo para el héroe, con lo que piensa y lo que siente de regreso a su hogar: La épica del mundo antiguo da paso a una narración más moderna en la que lo que se destaca es sobre todo la aventura personal, la humanidad del personaje antes que el poder de los dioses. Con unos rasgos que sirvieron luego a cínicos y estoicos para usarlo de ejemplo de resistencia a los reveses, de paciencia o de dignidad (tardó diez años en regresar, después de otros diez en combate). Homero encuentra en el viaje (o la aventura) el mejor marco para realzar a su protagonista. Un recurso que ha tenido un recorrido enorme en la historia de la literatura. Con otro pico excepcional: El viaje que, mucho después, Joyce, con su Ulises, retuerce, o redimensiona, o le amplia su sentido, al entenderlo también como las pocas horas que Leopold Bloom pasea por Dublín, conservando bajo la degradación de lo heroico el sentido último de lo que supone (o puede suponer) viajar.

En Los viajes de Gulliver hay una denuncia de los libros de viajes que se publican en el XVIII:

Mi respuesta [a un capitán que quiere ver escrita su historia, escribe Gulliver] fue que yo creía que ya estábamos más que saturados de libros de viaje, y que nada podía pasar en esta época que no fuera extraordinario, de donde sospechaba yo que algunos autores atendían menos a la verdad que a su propia vanidad o interés, o a divertir a lectores ignorantes. Y que mi relato no podía contener poco más que acontecimientos vulgares, sin aquellas descripciones tan adornadas de plantas, árboles, pájaros y otros extraños animales, o de las costumbres bárbaras y la idolatría de pueblos salvajes, en que abundan la mayor parte de los escritores.

Una crítica que sugiere la urgencia de apuntalar detrás del exotismo del viaje un relato fundamentado en el conocimiento. El viaje como un estímulo para mostrarse más receptivo el sujeto con lo que le es extraño (“No hay nada como alejarse un poco para curarse de la psicosis de la proximidad, de la deformación de la proximidad” decía Pla). Un viaje intelectual para el que esa comprensión del pensar como ensimismamiento es sustituida por el pensar como la estimulación de conexiones entre la sensibilidad y el pensamiento (también las emociones, los recuerdos, etc.). Al contrario que un encerrarse en sí mismo: Un abrirse al entorno en busca de estímulos, como un mecanismo de ruedas dentadas que mueven unas a otras. Con ese ejemplo excepcional en literatura que es Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald: un viaje a la vez externo e interno por la costa este de Inglaterra, la descripción de los paisajes y el rastreo de sus personajes e historias: cada uno digerido por el narrador como una vivencia propia (de destrucción, por lo que observa) que lo sume en una melancolía también sintáctica. El viaje siempre como indagación (aunque no quede claro desde el principio). En este libro:

En agosto de 1992, cuando los días caniculares se acercaban a su fin, salí a caminar por el distrito de Suffolk, con la esperanza de disipar el vacío que se apodera de mí cada vez que concluyo un tramo largo de trabajo.

O en uno de sus relatos de Vértigo:

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin rumbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua.

Viajar es, después de todo, un modo de practicar la libertad. También para el escritor que busca imprimirle el ritmo (e incluso el rumbo) de la marcha a su forma de pensar y de escribir, como un mismo flujo de temas y percepciones que se engarzan a cada paso. En el peor de los casos, un vagar y un divagar al tiempo.

Getty images

 

Para participar es imprescindible conocer las bases completas de la convocatoria que se encuentran en la página del Club

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Abierto el periodo de votaciones: II Concurso Historias del trabajo 

Dotación: 1.500 euros.

El periodo de votaciones finaliza el 13 de julio.

Fallo del Jurado: el 31 de julio de 2017. 

 

Introducción

No me gusta el trabajo, a nadie le gusta; pero me gusta que, en el trabajo, tenga la ocasión de descubrirme a mí mismo.

Joseph Conrad

 

Historias del trabajo, también en esta segunda convocatoria, quiere animar a los participantes a explorar sus entornos más cercanos. De inspiración realista, busca la intensidad y autenticidad que surgen de las experiencias directas y vivenciales. Con esta nueva propuesta os invitamos a contar historias que han tenido como escenario un lugar de trabajo (o en esas zonas limítrofes que son el desempleo o la formación). Puede ser de carácter testimonial o ficcional. Pueden ser propias o de otros compañeros. Antiguas o actuales. O, con un carácter más evocador, sobre la misma empresa o fábrica, y su organización, o sobre un hecho relevante o revelador: Historias mínimas, pero que reverberan todavía en el recuerdo del protagonista o el testigo, a veces amables, agradecidas, pero otras el registro de los embates de una realidad que puede ser demoledora.

Algunos relatos que participaron el año pasado en la primera edición miraron al pasado, nostálgicos por ese mayor espacio para la artesanía y el campo, u horrorizados, por las condiciones durísimas que vieron en los oficios de sus padres y abuelos o que recordaron de su juventud. Otros al presente, con escenarios cambiantes, con una distancia mayor con el producto creado y menos apego por el patrón, y con relaciones más efímeras por una vida social más tangencial al puesto de trabajo, pero también con el entusiasmo o incluso el vértigo por las nuevas posibilidades que se van abriendo. Funcionaban muchos como denuncia, antídoto o aval de las predicciones que se repiten con cada cambio de ciclo, ahora con el que se espera de la sustitución de los trabajadores por robots. En un extremo: historias como las de los obreros excluidos de Ken Loach. En el otro: historias como la del carpintero Geppetto, que hace con sus propias manos a su hijo de madera. O su reverso: el Golem. O cualquiera de sus réplicas cibernéticas: lo que permite también aquí escribir sobre las relaciones laborales que intuimos para un futuro ya inmediato.

 

Sobre el trabajo en la literatura (breve dosier didáctico y motivador)

La historia del cine la inaugura una película de unos pocos segundos que recoge la salida de los obreros de una fábrica de material fotográfico. Los hermanos Lumière, para representar el movimiento, filman en un solo plano a los trabajadores de su fábrica tras acabar la jornada laboral. En 1995, cien años después de esa primera película, Harun Farocki recupera la idea con el documental Trabajadores saliendo de la fábrica, que es la suma de imágenes rastreadas en películas de empleados abandonando su lugar de trabajo. Una salida que, con su tesis, sería un indicio de dónde busca el cine sus argumentos: fuera del trabajo, una vez que salen sus personajes de la fábrica, como si la vida dentro no permitiera buenas historias, por las rutinas hechas de repeticiones y una organización sin margen para decisiones personales. Pero ese encorsetamiento es solo superficial. Una persona le dedica al trabajo muchas horas cada día, la mitad al menos de las que pasa despierto. Es un espacio también para las relaciones personales, para concretar cada uno el proyecto que quiere para su vida, para satisfacciones e insatisfacciones tangenciales, para medir expectativas, etc. Como en El apartamento, de Billy Wilder. Han cambiado las condiciones laborales desde que los Lumière grabaron a sus empleados. El sector terciario es mucho mayor ahora. Y la informática ha generado nuevos empleos y ha transformado muchos de los anteriores: es todo ahora más global, aunque se trabaje desde casa, siempre o casi siempre con un ordenador. Pero el trabajo sigue ocupando nuestras vidas: lejos de cumplirse los presagios de un incremento enorme de horas de ocio cuando las máquinas multiplicaron la productividad de las fábricas en el XIX, las jornadas siguen siendo muy largas. Como en la escena de Charlot en la cadena de montaje en Tiempos modernos. Pero también, o sobre todo, en las oficinas, con nuevos mecanismos de poder atomizados y escalafonados: de lo que se queja Benedetti en sus Poemas de la oficina, y que trasmite bien Playtime, de Jacques Tati, con la escena en la que Monsieur Hulot no es capaz de llegar a una reunión importante, desorientado entre tantos cubículos para los empleados.

 

 

La diversidad de trabajos y condiciones laborales es enorme. Cada uno de ellos como un hábitat que le sirve al trabajador también de escenario de otras vivencias: no es verdad que la rutina y la mecanización de las tareas impida otras historias más sugerentes, que no quepan otras relaciones que las meramente profesionales o que el trabajador no pueda encontrar otras fórmulas más creativas para desarrollar su actividad. No buscamos para Historias del trabajo argumentos de utopías o distopías: queremos, más acá de eso, como hace Agnès Varda con los comercios en Daguerréotypes o Van der Keuken con su repartidor en Amsterdam Global Village, las historias personales que se localizan en ese eje de coordenadas que es el campo, la fábrica, la oficina, la calle o la carretera (u otras posibilidades más extrañas); en los que incluimos también el recuerdo de trabajos que ya han desaparecido o han cambiado del todo su fisonomía (muchos que desempeñaron nuestros padres o abuelos), o el tanteo ante nuevas formas de trabajar todavía no asentadas, que prueban con otros modos y medios de producción.

Eugene de Salignac, Pintores sobre el puente de Brooklin, 1914

 

Sobre la escritura como trabajo

No es fácil vivir de la literatura (o solo de la literatura). Los escritores, por lo general, han tenido antes otros oficios o han compatibilizado la escritura con un trabajo que, además de un sueldo, les ha permitido una experiencia que luego han trasladado a sus libros. Baroja, por ejemplo, fue médico, como su Andrés Hurtado. O Jack London marinero y buscador de oro. Aunque a menudo los protagonistas de novelas y relatos son también escritores, aunque a nadie se le escape lo que advierte Auster sobre el tedio de espiar a un escritor. O, de no ser escritores, con profesiones afines, o que el escritor considera o quiere considerar afines (por la trasmisión y creación de conocimiento que les supone a sus libros): de más acá, profesores (sobre todo universitarios); de más allá, detectives o policías. Escribe Marías en Todas las almas, con su narrador en Oxford, en un ejercicio que es también de memoria para el autor:

Bastaba que yo estuviera nerviosamente encaramado a una tarima durante las pocas horas en que establecía contacto visual con ellos para que el distanciamiento entre los alumnos y yo fuera casi monárquico. Yo estaba arriba y ellos abajo, yo tenía un bonito atril delante y ellos vulgares pupitres con incisiones, yo vestía mi larga toga negra (con las cintas de Cambridge y no de Oxford, por cierto, para mayor reserva) y ellos no la vestían, y eso era ya motivo suficiente para que no solo no discutieran mis tendenciosas afirmaciones, sino ni siquiera me hicieran preguntas cuando peroraba sobre la sombría literatura española de la posguerra durante una hora que se me hacía tan interminable como la propia posguerra a sus literatos (a los antirrégimen, muy pocos).

Ricardo Piglia, sobre las posibilidades de la investigación en Blanco nocturno: lo que le dice el policía Croce al periodista Renzi:

Vos leés demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras cómo son verdaderamente las cosas… No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve… No hay ninguna lógica. Luchamos para restablecer las causas y deducir los efectos, pero nunca podemos conocer la red completa de las intrigas… Aislamos datos, nos detenemos en algunas escenas, interrogamos a varios testigos y avanzamos a ciegas. Cuanto más cerca estás del centro, más te enredas en una telaraña que no tiene fin. Las novelas policiales resuelven con elegancia o con brutalidad los crímenes para que los lectores se queden tranquilos.

Pero algunos escritores han sabido dar con profesiones más distantes y, por ello, también más jugosas para la literatura. En una entrevista a Playboy le decía Roberto Bolaño a Mónica Maristain: “El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un cámping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana después hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”. Lo que recuerda luego de Arturo Belano Mary Watson en Los detectives salvajes:

Recuerdo, casi al final de la noche, haber visto a Hans discutiendo con el vigilante nocturno. Hans hablaba en español y parecía cada vez más excitado. Durante un rato los estuve mirando. En determinado momento me pareció que Hans se podía a llorar. El vigilante, por el contrario, parecía sereno, al menos no movía los brazos ni hacía gestos desmesurados.
Al día siguiente, aún no repuesta de la borrachera de la noche anterior, mientras me bañaba vi al vigilante nocturno. En la playa no había nadie, solo él. Estaba sentado en la arena, completamente vestido, leyendo el periódico. Al salir del agua lo saludé. Él levantó la cabeza y me devolvió el saludo. Estaba muy pálido y con el pelo revuelto, como si se acabara de despertar.

Y un poco más adelante:

La garita en donde el vigilante pasaba las noches era tan pequeña que una persona que no fuera un niño o un enano no podía permanecer estirada en su interior. Intentamos hacer el amor de rodillas pero era demasiado incómodo. Más tarde lo intentamos sentados en una silla. Al final terminamos riéndonos y sin haber follado. Cuando ya amanecía me acompañó hasta mi tienda y después se marchó. Le pregunté dónde vivía. En Barcelona, dijo. Tenemos que ir juntos a Barcelona, le dije.

Y que recrea también Javier Cercas en Soldados de Salamina, devolviéndole su papel a Roberto Bolaño:

Bolaño conoció a Miralles en el verano de 1978, en el cámping Estrella de Mar, en Castelldefells. El Estrella de Mar era un cámping de rulots al que cada verano acudía una población flotante compuesta básicamente por miembros del proletariado europeo: franceses, ingleses, holandeses, algún español. Bolaño recordaba que, al menos durante el tiempo que pasaba allí, aquella gente era muy feliz, él también se recordaba a sí mismo feliz. Trabajó en el cámping durante cuatro veranos, del año 78 al 81, y a veces también durante los fines de semana de invierno; hizo de basurero, de vigilante nocturno, de todo.

-Fue mi doctorado -me aseguró Bolaño-. Conocí a una fauna humana de lo más variopinta. En realidad, nunca en toda mi vida he aprendido tantas cosas de golpe como allí.

Las posibilidades aquí también son muchas. Pero cabe también la otra dirección, o el otro sentido: la del profesional que decide también escribir, y hacerlo con ambición literaria, haciendo de verdad literatura, pero sin dejar de ser lo que ha sido hasta entonces para volverse escritor, sino sumando a su condición de médico o jurista o informático la de escritor. Quizá más con el ensayo, pero también con la novela. Bastan un par de ejemplos: Oliver Sacks, neurólogo, con sus libros excepcionales sobre casos médicos que él había tratado, o Tony Judt, historiador, con sus ensayos sobre Europa que han llegado a convertirlo para muchos en guardián de su conciencia.

 

Para participar es imprescindible conocer las bases completas de la convocatoria que se encuentran en la página del Club

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